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La violencia sin nombre.

No recuerdo tu nombre. Es irónico. Escarbo en cada rincón de recuerdos y no consigo dar con tu nombre.


Me es imposible escribir tu nombre pero recuerdo cada golpe que infrigiste sobre mi piel. Mi sangre coaguló hasta dejar sobre mi carne una marca incapaz de pasar desapercibida.


Sigue siendo irónico que jamás me haya dolido tu fuerza. Me deja estupefacta el tacto de tu mirada cuando te diste cuenta de que yo soy la mujer que toca en la vida de quien está lleno de miedos. No fuiste el único. Atraigo lo que necesito controlar. Estoy trabajando eso de querer solucionarle la vida a los demás.


El día que te conocí te apabullé con mis dramas, a los que les puse color y sazón hasta el hartazgo. Me escuchaste bajo una luna llena, sabiendo que íbamos a explosionar antes de ver la luz del amanecer.


Tus golpes jamás dolieron. Al contrario, fueron un placer que jamás había experimentado. El castigo de creerme pequeña e insignificante era lo que ansiaba para no lidiar con mi sombra.


Te pedí a gritos que marcaras mi piel con lo que sea que tuvieras cerca, y tus ojos se mojaron porque entendiste lo que es el amor. Te criaste en un mundo donde el reprimir era la naturaleza y no se puede desarraigar a un animal de su hábitat. Tus mambos eran más fuertes que mi sed de libertad. Pero no querías lastimarme. Me querías a mí, no a la perversión que se te inculcó.


La ironía de la vida me volcó en un cuerpo que hoy no necesita violentar mi placer. Me resulta extraño que alguien pueda quererme sin hambre de sangre hervida y con caricias. De hablarte de él, también le cambiarías el nombre, como hacías en tus episodios de inmadurez emocional con los amantes que llegaron antes que tu furia con la falta que te escasea. Nunca te atreviste a trabajar tu sombra y te era más sencillo insultar a quien fuera amable conmigo.


No sé tu nombre. Mi mente lo bloqueó por completo. No estoy segura de qué aprendiste -si es que lo hiciste-. Tu vaga idea de querer cambiar se esfumó cuando te percataste de que conmigo la vida sería más amena. No fuiste capaz de enfrentar a tus demonios internos con la calidez que encontrabas únicamente en mis abrazos.


No sé cómo te llamas. Pero sí sé que contigo aprendí los límites a los que me expuse alguna vez. Aprendí de la violencia entre las sábanas y de las madrugadas encerrada en tu baño, deseando no haberte conocido nunca.

 
 
 

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